Esteban Frola o una vida en la búsqueda de la eficiencia de procesos

Esteban Frola -quien mañana disertará en la jornada Aktiv- desde chico sabía que sería ingeniero agrónomo. Sus padres con esfuerzo lograron su sueño. A los 6 o 7 años ya le atraía todo lo referente a jardinería y plantas ornamentales.

En la casa de sus padres en Bragado, en la provincia de Buenos Aires repartía su tiempo entre la escuela y tareas en el jardín y la huerta. Hoy, el experto en tecnologías de aplicación de productos para cuidar la salud de las plantas sostiene que es imperativo para mejorar los tratamientos, medir en todo momento las variables como tamaño y cantidad de gotas, capacitar a los operadores, saber manejarse en el viento. Es un referente en lo que hace a tendencias en el tema y en los caminos que existen para lograr avances sustanciales que impacten de manera inmediata en el mejor y más sostenible uso de los fitosanitarios.

-¿Cómo fue tu comienzo en la producción de alimentos?

-Cuando terminé de cursar Agronomía en la UBA comencé a trabajar en una champiñonera. Y luego fue en una esparraguera donde me encomendaron la cosecha. Al poco tiempo entré a trabajar en un campo en Mechita muy cerca de Bragado que se llama Manantiales, un tambo con 1000 vacas en ordeñe y 2000 hectáreas. Y allí ingresé para hacer una pasantía y luego me desempeñé como encargado general previo un proceso de entrenamiento de 4 o 5 meses con el gran Héctor Fermanelli.

-¿Allí empezó tu idilio con la búsqueda de la eficiencia?

-Siempre fui un fanático de la eficiencia de los procesos. Ello hizo que me la pasara midiendo muchas cosas en el tambo con la ayuda de muy buenos asesores como Daniel Rearte, Giúdice, Marrodán y Lefevre. En el año 1997 nos venimos a vivir a Venado Tuerto con mi señora Silvina con quien compartimos la vida desde hace más de 25 años y Valentina mi primera hija. Luego vendrían mis otros dos hijos Bautista y Josefina para completar la familia. Y comenzamos en Venado viviendo en Establecimientos Agropecuarios (Ea. La Unión), un campo con más 7.000 ha en siembra directa. Allí se hacía de todo, incluidos los trabajos con las máquinas. Ese es un hito en mi historia laboral y profesional. Teníamos la pista de aterrizaje para las aplicaciones aéreas. Y entonces aplicaba las enseñanzas que el Ing. Alberto Etiennot, una eminencia en tecnologías de aplicación, me había brindado en la cátedra de Terapéutica Vegetal, de la Facultad de Agronomía de la UBA.

-¿Se podría decir que fue el hito que marcó tu especialidad actual?

-Allí mismo en Venado conocí a Daniel Ilari, un colega y amigo que me enseñó lo referente a la protección de la gota, y a Oscar Dichiara quien hacía los pulverizadores Davilor, mi gran maestro. Reuniendo todas esas vivencias y trabajando en producción, mis ocupaciones incluían todo lo que era siembra, cosecha y pulverizaciones aérea y terrestre. Siempre midiendo y buscando la mayor eficiencia. El hecho de manejar grandes equipos de trabajo en muchas hectáreas me fue enseñando todo lo referente a la problemática de la producción. Al cabo de un tiempo me convocó Leandro Iraola (Corven), que es el presidente del Grupo que lleva ese nombre con quien en 2002 armamos Arraiz, una empresa agropecuaria que me permitió crecer y poner en práctica lo aprendido en pulverización a diferentes lugares de nuestro país. Desde el NEA en Quimilí en Entre Ríos y hasta el sur de Córdoba en Jovita y Laboulaye. Ya en el 2008 comienzo a trabajar de manera independiente en tecnología de aplicación debido a que había notado una gran necesidad en ese capítulo de la producción, en el cual el Ing. Héctor Baigorrí -ex INTA Marcos Juárez-, era un fuerte impulsor de estos temas. Con él compartimos un taller de roya de soja en el 2004. Para la oportunidad, tenía como recurso una presentación preparada con Oscar Dichiara y Gabriel Caterina.

-¿Cómo se dio tu vinculación con el sector privado?

-En ese momento Baigorrí estaba con la idea de armar la página web Planeta Soja, y me propuso como asesor en el tema aplicaciones. Ello fue un disparador para que comenzara a trabajar como asesor de Syngenta, Bayer, Dupont, las empresas de coadyuvantes y en grandes establecimientos en el NEA y el NOA donde se precisaba mejorar la eficiencia de aplicación porque no había agua ni en calidad ni en cantidad para hacer las aplicaciones. Al tiempo lo conocí a Alan Mac Cracken en un congreso de Fearca (Federación Argentina de Cámaras Agroaéreas) en San Luis, y con quien compartimos varias capacitaciones lo cual me valió aprender mucho sobre las aplicaciones aéreas. Luego aparecieron otros cultivos en otras zonas como en Cuyo, con horticultura, vid, olivos. Luego en el sudeste de Buenos Aires en papa en 2010 con Walter Hernández famoso papero y campeón, en su momento, de turismo carretera. Luego apareció el cultivo de cebolla con la firma Proarco en Villa Longa.

-Y te diste el gusto de cruzar fronteras para compartir conocimiento.

-En el 2014 en Colombia en los llanos orientales en agricultura, en Medellín con invernáculos de flores, en banano y piña al norte en Apartado, y también en arroz y maíz en Ibague, y con caña de azúcar en el valle del Cauca. Hay mucho para hacer en este tema de las tecnologías de aplicación en muchos lugares del mundo. Muchas de las cosas que están escritas resultan viejas, y aún se aplican debido a que al ser humano le cuesta mucho cambiar de paradigma. Un error típico es que se quieran mejorar los resultados aumentado el caudal de aplicación, y la cosa no pasa por ahí. En Argentina contamos con coadyuvantes, tensioactivos y anti evaporantes de una tecnología tal, que somos líderes en el mundo. Y ello es debido a que necesitamos aplicar de manera frecuente en condiciones que difieren de las óptimas.

-¿Cuáles son los aspectos en los que el productor argentino aún puede mejorar?

-Es típico del argentino trabajar con márgenes muy chicos y “venir doblando con las puertas”. Y por ello debemos acostumbrarnos a manejar el viento, tenerle respeto pero no temerle. Hay un motón de paradigmas escritos hace mucho tiempo, pero resulta que el mejoramiento tecnológico ha cambiado los recursos disponibles. Y ello permite entre otras cosas, controlar la gota en tamaño y uniformidad de manera notable. Así ocurre que los productos de las empresas líderes son muy buenos y las fallas muchas veces se deben a deficiencias en la aplicación. Por ello es que resulta importante trabajar en la capacitación de los maquinistas y de los técnicos y cambiar los programas en las facultades como ya está ocurriendo. Como ejemplo puedo nombrar la Cátedra de Maquinaria de la universidad de Río IV que por iniciativa de Oscar Dichiara desde 2008 vienen todos los años con los alumnos a Venado Tuerto para hacer una jornada teórico-práctica sobre tecnología de aplicación terrestre y aérea en Ea. La Unión. Puedo decir que estoy contento con lo logrado y que lo debo al apoyo de mi familia. También es cierto que aún queda mucho por avanzar en la tecnología de aplicación, herramienta central en la producción de alimentos para la humanidad en calidad y cantidad suficientes. En eso estamos.

Por Juan B. Raggio – Publicado en Clarín Rural

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