El desafío de controlar las enfermedades de transmisión sexual en bovinos

Las enfermedades de transmisión sexual en bovinos (ETS) fueron, son y serán un problema en los sistemas con monta natural, en tanto y en cuanto no se revisen, diagnostiquen y eliminen los toros positivos de los rodeos.

La tricomoniosis bovina (Tritrichomonas foetus) y la campylobacteriosis genital bovina (Campylobacter fetus subespecie venerealis) se transmiten por transmisión sexual, salvo contadas excepciones donde se utiliza semen proveniente de toros infectados o bien por maniobras obstétricas entre hembras (habiendo alguna infectada), realizadas sin la debida higiene y uso de material descartable entre una revisación y otra.

Estos dos agentes, un protozoario y una bacteria, aunque filogenéticamente están muy alejados, tienen una epidemiología similar. No tienen formas de vida libre, y habitan tanto el aparato genital masculino como femenino. El toro infectado se comporta como un portador asintomático de por vida, por lo cual, mantiene su fertilidad, su libido y no presenta ninguna lesión. En cambio, las hembras se contagian en el momento mismo de la monta y al quedar preñadas, en general, sufren muertes embrionarias tempranas, eventualmente abortos e infertilidad transitoria. En algunos casos, pueden llevar la preñez a término y parir normalmente. Comúnmente, luego de abortar, la inmunidad local a nivel de mucosa vaginal y uterina barren con estos agentes, quedando la hembra sana y apta para preñarse¹.

En sistemas extensivos con potreros de grandes extensiones, tanto la muerte embrionaria temprana como los abortos pueden pasar desapercibidos, y entonces recién se sospecha la presencia de estas enfermedades en el momento del tacto. En este momento se detectan bajas tasas de preñez, preñeces desuniformes con una mayor cola de preñez (vacas que se preñaron al principio de la temporada de servicio, tuvieron muerte embrionaria y volvieron a ciclar y preñarse). También puede observarse un mayor desgaste físico de los toros ya que, al reciclar las hembras, tuvieron un mayor trabajo de montas. Pero hasta acá, es información que nos hace sospechar pero no confirmar, la presencia de estas enfermedades. Cabe aclarar que pueden presentarse en forma individual, o de ambas maneras, en un mismo animal o rodeo. La confirmación s establece a partir de la toma de muestras prepuciales y el diagnóstico posterior.

¿Raspar o no raspar?, esa es la cuestión

Las muestras deben tomarse, por lo menos, 30 días después de finalizada la temporada de servicio de manera tal de permitir, en el caso de que el toro estuviese infectado, tener una buena colonización a nivel de prepucio. Generalmente, la muestra prepucial se toma mediante raspadores (hisopo metálico o de plástico). La Comisión Científica de Enfermedades Venéreas de la Asociación Argentina de Veterinarios de Laboratorio de Diagnóstico (AAVLD), recomienda un mínimo de dos muestreos en toros de establecimientos sin antecedentes de ETS; ante la aparición de toros positivos, se deberán realizar tantos muestreos como fuere necesario, hasta obtener dos muestreos negativos consecutivos.

Entre muestreos no debe haber menos de 15 días de intervalo. Se deben muestrear todos los machos enteros que vayan a entrar en el servicio siguiente (incluidos los toritos “vírgenes”), al igual que todo reproductor macho que ingrese al establecimiento. Los muestreos deben hacerse anualmente, en todos los rodeos, inclusive aquellos que no tuviesen antecedentes que hicieran sospechar de la presencia de estas enfermedades. El diagnóstico etiológico se lleva a cabo en laboratorio, y el toro positivo debe ser eliminado, desaconsejándose el tratamiento de los mismos ya que se presentan fenómenos de resistencia. El consumo de estos animales descartados, no conlleva ningún riesgo para la salud humana.

El impacto productivo de estas enfermedades, puede llegar a una disminución en un 25% de las tasas de preñez. Además, aquellas hembras que perdieron la concepción, reciclaron y se preñaron al final de la temporada de servicio, en las temporadas subsiguientes seguirán siendo cola de preñez, y recordemos que aquellos terneros nacidos en la cola de parición, tienen un menor peso al momento del destete y menos kilos de carne por hectárea, lo cual impacta negativamente en la rentabilidad del sistema. A su vez en sistemas muy eficientes, con excelentes indicadores reproductivos, puede ocurrir que al tacto estas hembras vacías que abortaron oportunamente, sean descartadas (siendo hembras sanas). Tengamos en cuenta el costo y el tiempo que insume criar una hembra bovina para reproducción.

Como nuestros sistemas de cría, generalmente, son extensivos, se debe tener en cuenta el riesgo de introducción de la enfermedad al rodeo, ya sea por toros o vacas ajenas que salten el alambrado, o bien, los propios que vayan al vecino y éste, eventualmente, tenga presente la enfermedad en su rodeo. Por eso, aunque estas enfermedades no tienen una obligatoriedad en cuanto al diagnóstico², debido a su importancia e impacto económico/productivo, deberían estar en las agendas regionales y provinciales de los productores, de manera tal de tomar el control de las mismas en ambiente productivo, y no solo por iniciativas personales de los productores.

Entonces volvamos a la pregunta inicial, ¿raspar o no raspar? No debería ser una pregunta que un productor ganadero o asesor se haga, ya que el impacto productivo de controlar la enfermedad tiene un costo muchísimo menor a padecer la misma, y al momento de contar los terneros nacidos y destetados en que sí miden la eficiencia de un ciclo productivo, se nota la diferencia.

¹ Hasta un 5% de las hembras pueden quedar infectadas entre una temporada reproductiva y la siguiente, pero su importancia en la epidemiología de la enfermedad es mínima comparada con el rol del toro.

² Sólo la provincia de La Pampa tiene legislación en cuanto al control obligatorio de los toros por parte de los productores.

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