Desafíos y perspectivas de un cultivo que triplicó su producción en la última década

La cadena del maíz creció significativamente en los últimos años y se convirtió en una de las más importantes de la agroindustria y de la economía nacional. En el Congreso Maizar fue muy interesante el espacio “Zoom al maíz: desafíos y perspectivas”.

Esta perspectiva fue planteada por Agustín Tejeda Rodríguez, economista jefe de la Bolsa de Cereales, quien moderó el panel “Zoom al maíz, desafíos y perspectivas”, junto con Sofía Gayo, analista del Departamento de Investigación y Perspectivas Tecnológicas de la entidad. Sobre los temas ligados a esos desafíos y perspectivas conversaron Esteban Copati, jefe del Departamento de Estimaciones Agrícolas de la Bolsa; Jorge Domínguez Brando, con larga experiencia en compañías de trading de granos; Jorge Lizzi, del área de ganadería de Aacrea, y Manuel Ron, presidente de la productora de etanol de maíz Bio4.

Tejeda reseñó que la producción de maíz involucra a miles de productores y 730.000 empleos (6% del trabajo formal) en todo el país; en las campañas 2019/20 y 2020/21 superó la producción de soja; aportará este año 14.500 millones de dólares al PBI, 8.000 millones de dólares a las exportaciones (o 20% de las ventas externas totales, si se considera su aporte a otros bienes) y 3.500 millones de dólares a las arcas fiscales. Para el experto, la expansión del área sembrada empieza a dar signos de estancamiento y hay aún un gran potencial de mejora de rindes, además de su contribución a un mejor uso de los recursos naturales y el cuidado de un activo estratégico como es el suelo. 

Oferta

Copati diferenció tres etapas en los últimos 20 años: 1) hasta 2010, en que el área sembrada se mantuvo por debajo de los 3 millones de hectáreas, mientras aumentaba fuertemente el cultivo de soja; 2) a partir de 2010/11, cuando gracias a la diversificación de fechas de siembra y el inicio del maíz tardío se llega, en 2015/16, a 4 millones de hectáreas sembradas, en un contexto todavía adverso, y 3) a partir de 2016, cuando gracias a la reducción de las retenciones se produce un gran aumento del área y la producción: hasta 6,3 millones de hectáreas y cerca de 50 millones de toneladas. Punta a punta, entre 2010 y 2020 la superficie más que se duplicó y la producción más que triplicó, gracias a la tecnología, resumió Copati.

La última campaña, prosiguió, estuvo muy marcada por el clima, que hizo que se perdieran unas 200.000 hectáreas, que podrían recuperarse en un contexto de precios favorables como el actual, aunque se mantiene la incertidumbre sobre un posible fenómeno Niña hacia septiembre, que podría perjudicar la siembra de maíz tardío.

En los últimos 5 años, explicó Copati, la dinámica de siembra cambió notablemente, con un importante traslado de superficie sembrada hacia noviembre/diciembre. Ese fenómeno se dio en Córdoba, la zona más maicera del país, donde el 80% de la producción es de siembra tardía, y no en la zona núcleo pampeana, donde el 80% es siembra temprana. En el oeste de Buenos Aires y el norte de La Pampa, las proporciones son 50/50%, y en los últimos años la producción de maíz se extendió hacia el norte del país, gracias a nueva genética de semillas.

Con disparidades por factores climáticos, el rendimiento promedio de los últimos 20 años fue de 85 quintales por hectárea, pero con mejoras cuando el clima acompañó. Sobre la posibilidad de un nuevo envión de área y producción, Copati dijo que “el escenario es más que positivo si el marco climático y regulatorio acompañan”. 

Tecnología

Respecto del rol que jugó la tecnología, Sofía Gayo precisó que hasta 2016 predominaron los “planteos defensivos”, para sostener el cultivo, y a partir de entonces hubo un avance que permitió pasar del 39 al 52% en el Indicador de Nivel Tecnológico (INT) que releva la Bolsa de Cereales. El INT se estabilizó luego, para situarse hoy cerca del 50%, con unos 3,2 millones de hectáreas de maíz donde se aplica “alta tecnología”.

“El maíz es el cultivo con mayor adopción de tecnología”, dijo Gayo, por encima de la soja e incluso del trigo. Los dos grandes motores han sido la fertilización y el uso de biotecnología. “En 7 años cambió el uso del tipo de híbridos de maíz, de 63% de semillas con eventos apilados a 92%, en detrimento de semillas con eventos simples”, precisó. Eso, a su vez, permitió la siembra de maíz en zonas extrapampeanas, gracias a híbridos que permitieron un mayor control de insectos y malezas. En tanto, la diversificación de fecha de siembra fue posible gracias a innovaciones en el manejo técnico del cultivo, que permitió llevarlo a nuevas regiones. “La tecnología y la diversificación de fechas de siembra hicieron del maíz un cultivo más federal”, resumió Gayo. Pero aún hay importantes brechas de rendimiento entre productores (entre 5 y 10%, o hasta 20% en zonas extrapampeanas) y entre el nivel actual y el potencial que puede alcanzar el país, que la investigadora estimó en un aumento de rendimientos de hasta el 36/37%. La clave, dijo, está sobre todo en el manejo de la fertilización.

Demanda

Domínguez Brando trazó el historial reciente y el presente del mercado mundial, del que la Argentina fue en los ‘90 el segundo exportador, posición que perdió a menos de Brasil, aunque es hoy un player importante (entre 15 y 20% de las exportaciones totales) entre los grandes proveedores, grupo al que se sumó Ucrania.

Sobre las perspectivas, el experto se basó en los últimos datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), que proyectan hasta 2030 un aumento importante de la demanda mundial de granos forrajeros y oleaginosas, y algo menos del trigo, en un mundo con creciente necesidad de harinas proteicas y forraje. En volumen, el USDA estimó esa expansión de 220 millones de toneladas actuales a 270/280 millones hacia 2030, proyección que no contemplaba el fuerte aumento de la demanda china de forraje, que en el último año absorbió 40 millones de toneladas y podría llegar a 60 millones de toneladas, de las que 50 millones serían de maíz. ¿Cómo se cubriría esa demanda extra? Las ventas externas de Estados Unidos pasarían de 60 a 70 millones de toneladas, las de Brasil de 40 a 60 millones, y las de Ucrania de 20 a 30 millones de toneladas, estimó el USDA, que “vio” a la Argentina estancada en 38 millones. “Es la visión de Estados Unidos, porque imaginan políticas que no van a permitir una expansión del área, por el gran intervencionismo que tenemos”, explicó Domínguez Brando, que sin embargo destacó la gran competitividad de la producción argentina para completar el abastecimiento mundial.

“Hoy somos el país más barato del mundo; somos capaces de competir en Corea, en Vietnam Taiwán, el maíz argentino va a cualquier destino del mundo y compite con el maíz de Brasil, Estados Unidos o Ucrania”, dijo el especialista, que calificó de “espectacular” el panorama para la exportación. La diversificación de fechas de siembra juega a favor, porque evita concentrar la oferta en 3 meses, agregó. Además, la Argentina tiene la posibilidad del envío de cargas combinadas de maíz y harina de soja, un nicho de mercado que, aun con sobreprecio de maíz, nos agrega competitividad”, concluyó el experto, sin dejar de ponderar la posibilidad que tiene ahora la producción argentina de competir con la brasileña y americana también en el segundo semestre del año.

Ganadería

Desde Santiago del Estero, Lizzi aportó la mirada desde la ganadería. “Toda la cadena está buscando un nuevo equilibrio a partir de cambios estructurales que se dieron luego de la liquidación de vientres de 2009/10: ahí perdimos alrededor de 12 millones de cabezas. La demanda, recordó, se cubrió acelerando los ciclos de engorde con suplementación y dietas más energéticas, con maíz”. En esa estructura, la tasa de extracción de machos llega al 60-65% de la producción, contra el 111% al que se llegó en 2020, gracias al aporte de más grano en la dieta. La situación actual, dijo, es una relación muy tensa entre oferta y demanda, en que no hay reserva o backup de oferta, en que la suba del precio del maíz afecta a la cadena y, como se vio a fin de 2020, lleva a un aumento del precio del novillo y de la carne en góndola, con hasta 60-65% de aumento nominal. “Hoy, una tasa de extracción tan alta es posible porque la mitad de la hacienda liviana para faena proviene de corrales registrados”, dijo Lizzi.

El aumento del precio del maíz, señaló, llevó a que se empezara a sustituir grano por pasto y a alargar los ciclos de producción, lo que determinó una caída en la oferta. Según el experto de AACREA, “se puede, y mucho” transformar un mayor porcentaje de la producción de maíz en carnes y lácteos. Al respecto, precisó, que sobre una expectativa de cosecha de 47,5 millones de toneladas de maíz (USDA), el mercado interno absorbe soló 15%. “El mercado está más afuera que adentro, pero en ganadería de carne podría tener un aumento del 50-60% si hubiese incentivos”. Una limitante, señaló, es que entre 70 y 90% del mercado de carnes es doméstico, con una demanda de poder de compra limitada y en la que siempre se está tratando de desacoplar los precios internos de los internacionales, para tener una oferta abundante y barata. Semejantes señales favorecen la exportación de maíz. En esas condiciones, concluyó Lizzi, “generar un mayor consumo interno sería destruir y no agregar valor a la producción”.

Biocombustibles

En el cierre del panel, Manuel Ron, de Bio4, dijo que un gran ejemplo de la capacidad de tracción de los biocombustibles sobre la producción maicera es Estados Unidos. Allí, dijo, la industria del etanol absorbe 40% de la producción maicera y es el principal sostén del precio. En la Argentina, en cambio, la demanda de maíz para etanol, menos de 1,5 millones de toneladas, bordea solo el 3% de la producción, cuando la demanda de combustibles, que no es estacional (salvo un breve pico estival), podría jugar un rol estabilizador de la demanda.

Como casos concretos del rol del etanol para crear clusters regionales, Ron señaló el caso de Villa Mercedes, en San Luis, donde la oferta de maíz se acopla con la demanda de la zona y permite que los productores se ahorren el flete de más de 500 kilómetros hasta los puertos de Rosario.

Una mayor demanda regional permite que los productores sufran menos descuentos respecto del precio internacional, lo que resulta en un “beneficio tangible”, dijo Ron. Más allá de las ventajas a nivel regional y nacional de la industria del etanol, en el ámbito local, dijo, permite el desarrollo de proveedores y servicios conexos, y de producción ganadera a partir de la burlanda, que “tiene muchísima demanda y es interesante para la conversión en proteína animal, lo que también contribuye a la oferta de carne a nivel local”. Y a nivel nacional, agregó Ron, la industria aumenta la producción de combustible, incluso con combustible de mayor octanaje, y contribuye a reducir las emisiones de dióxido de carbono.

En momentos en que se discute una nueva Ley de Biocombustibles, Ron dijo que las mayores posibilidades del etanol están en un aumento del corte (del 12% actual al 15 o 18%) y el crecimiento de la producción, precios en surtido más accesibles y la generación de más industria y empleo en el interior del país. Una cuestión, concluyó, que se define en los próximos 60 días. “Es importante que las autoridades tengan en cuenta la tracción de valor y empleo local, la necesidad de un marco regulatorio razonable para crecer, como hicieron Estados Unidos y Brasil, con políticas de estado claras y sin cambio en las reglas del juego”.

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